Aportaciones de la Tradición Social Católica a la ética de la Investigación Biomédica

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Aportaciones de la tradición social católica a la ética de la investigación biomédica

Jorge José Ferrer, SJ

Recinto de Ciencias Médicas – Universidad de Puerto Rico

 

Durante los últimos tres lustros me he dedicado a la enseñanza de la ética de la investigación biomédica a estudiantes que cursan carreras de ciencias. En el contexto de la universidad pública, en el que trabajo, la asignatura no se aborda desde una perspectiva teológica. Sin embargo, es importante para mí, como creyente y como teólogo, preguntarme por la aportación específica de la tradición moral católica a la ética de la investigación biomédica. Esa reflexión es uno de los proyectos en los que trabajo en la actualidad. Me interesa, sobre todo, explorar la aportación de la tradición social católica a mi disciplina.

 

Curiosamente, la bibliografía de bioética teológica no ha explorado suficientemente dicho vínculo. La asimilación de la Doctrina Social de la Iglesia y, en nuestras latitudes latinoamericanas, de los aportes válidos de la teología de la liberación son, en gran medida, asignaturas pendientes para la bioética teológica.

 

Este desfase se puede explicar, al menos en parte, por la tradicional vinculación de la bioética con la “moral de la persona” y con los temas controvertidos relacionados con la moral sexual, la protección de la vida no nacida o el final de la vida (limitación de tratamientos, suicidio asistido y eutanasia, entre otros). Incluso cuando se aborda teológicamente el tema de la investigación con poblaciones vulnerables, se hace desde una perspectiva que no integra la visión de transformación social que es cónsona con nuestra tradición católica.

 

Debido a las restricciones de espacio, me limito a presentar un ejemplo. En 2008, el Centro Nacional Católico de Bioética de los Estados Unidos y la Asociación Médica Católica publicaron un importante documento titulado A Catholic Guide to Ethical Clinical Research[1]. El mismo propone cuatro principios generales, a saber: 1) Veracidad, 2) Respeto por la vida humana en todas sus etapas, desde su primera formación hasta la muerte, 3) Respeto por la integridad de las personas, 4) Generosidad y justicia.

 

Los principios tres y cuatro recogen la preocupación por las personas que son vulnerables en virtud de su edad, educación, límites económicos o condiciones de índole médico o sicológico. Se afirma que las personas vulnerables no deben participar en investigaciones clínicas que no les beneficien directamente. No hay duda de la validez de estos enunciados. Sin embargo, cuando se aborda la protección de las personas vulnerables, se echa de menos una más explícita conexión con la doctrina social católica. El análisis de la vulnerabilidad se queda, además, como suele hacerlo la bioética secular, en lo que S. R. Benatar y P. A. Singer han llamado “micro-explotación.” No se analizan las estructuras de injusticia e inequidad en las que tienen lugar las situaciones de vulnerabilidad y explotación[2].

 

En el documento tampoco se mencionan otros temas importantes como la identificación de criterios para el establecimiento de las prioridades de investigación, las relaciones entre los investigadores y sus patrocinadores con las poblaciones vulnerables, la investigación clínica internacional, las patentes o los precios de los medicamentos. Este documento no es una excepción. En términos generales, los teólogos no hemos hecho la tarea de articular una ética de la investigación biomédica netamente teológica y católica, que incorpore nuestra rica tradición de justicia social. Lo excepcional es precisamente lo contrario. Un modelo para el nuevo abordaje que propongo se puede encontrar, en mi opinión, en la obra de la teóloga estadounidense Lisa S. Cahill[3].

 

En el breve espacio del que disponemos me limitaré a: 1) enumerar los principios de la tradición social católica que deberían, a mi juicio, guiar una genuina bioética teológica de la investigación biomédica, 2) señalar algunos de los temas cuyo abordaje se vería, en mi opinión, transformados por la bioética teológica por la que abogo. Los principios son los siguientes: 1) La dignidad no negociable de cada persona[4]. 2) El principio de justicia social, que se refiere a la edificación de una sociedad global que garantice a todas las personas la posibilidad de construir una biografía conforme con las exigencias de la dignidad humana de la que hemos hablado en el primer principio. 3) El principio del bien común, entendido como la suma total de las condiciones que permiten que las personas alcancen su plenitud humana.4) La opción preferencial por los pobres, en plena coherencia con el ministerio de Jesús. 5) El principio de solidaridad, que requiere que cada uno se interese y trabaje por el bien de todos. Estos principios requieren, por supuesto, una profundización mayor. Por ahora debe bastar con enunciarlos.

 

Pensemos en el impacto que tendría una bioética teológica, elaborada a partir de los principios identificados, en la selección de las prioridades de investigación o en el tema de las patentes de medicamentos. Se ha hecho casi proverbial hablar de la brecha 90/10, que significa que: “…apenas el 10% de los recursos mundiales destinados a investigación en salud se dedica a las enfermedades responsables del 90% de la carga mundial de morbilidad[5].” Esto significa, dicho de manera clara y sencilla, que los fondos que se invierten en la investigación clínica no atienden adecuadamente las necesidades de salud de las masas empobrecidas. Es posible que el desbalance 90/10 no sea numéricamente exacto. Pero, como apunta D. P. O’Mathúna, lo importante no es la precisión matemática, sino el problema muy real y de enormes proporciones al que apunta[6].

 

Si la selección de temas de investigación estuviese guiada por los principios enunciados –particularmente los de justicia social, solidaridad y opción preferencial por los pobres- las prioridades tendrían que modificarse dramáticamente. Llama la atención que los teólogos moralistas católicos no demos prioridad a este tema en nuestras publicaciones. Nadie, en campo católico, duda de la importancia de proteger la dignidad de la vida humana no nacida, pero parecería al menos igualmente urgente que esa protección se conceda a la vida humana nacida, cuando ésta está desprotegida por la desigualdad y la pobreza. En la era del Papa Francisco esta laguna en la bioética teológica católica es totalmente inexcusable.

 

Otro tema que debería ser prioritario es el de las patentes biomédicas. Ciertamente, la tradición católica reconoce el derecho de propiedad, incluyendo la propiedad intelectual. Pero no es menos cierto que toda propiedad privada tiene una hipoteca social, para usar la expresión consagrada por San Juan Pablo II[7]. Los precios de los medicamentos dificultan o imposibilitan el acceso a terapias que son necesarias para la salud y la vida de las personas. Es de sobra conocido el escándalo de las patentes de los fármacos para tratar el HIV-SIDA en los años 90 del pasado siglo[8]. El drama se da también para las poblaciones pobres de países ricos. Es el caso de los Estados Unidos, país en el que el precio de los medicamentos se rige por las leyes del mercado. ¿No son temas e este estilo de los que se debe ocupar prioritaria y urgentemente una bioética teológica inspirada por los principios y valores de la doctrina social católica?

 

El desarrollo de una bioética teológica inspirada por los principios de la ética social católica es especialmente urgente para los que vivimos, reflexionamos y escribimos desde las latitudes meridionales de nuestro mundo globalizado.

 

 



[1] The National Catholic Bioethics Center and the Catholic Medical Association, A Catholic Guide to Ethical Clinical Research: The Linacre Quarterly 75 (2008) 181-224. Available on line: http://dx.doi.org/10.1179/002436308803889521, accessed: October 7, 2016.

[2] Benatar S. R. y Singer P. A., Responsibilities in International Research: A New Look Revisited: Journal of Medical Ethics 36 (2010) 194-196.

[3] Cahill L. S., Theolgoical Bioethics, Washington DC, Georgetown University Press, 2005. Cf. Id., Bioethics and the Common Good, Milwuakee, Marquette University Press, 2004.

[4] Es verdad que este tema aparece en la bioética secular, pero desde una comprensión que tiende a reflejar el individualismo de la cultura liberal postmoderna, que los teólogos no podemos comprar sin más. La dignidad de las personas es inseparable de la promoción del bien común y de la justicia social, porque las personas florecen en la comunidad y nunca fuera de ella

[5] Frenk J., Las necesidades en materia de salud y el programa mundial de investigación: México     http://www.who.int/macrohealth/newsletter/11/es/  Acceso: 25 de enero de 2017. Cf. Pinto Bustamante B. J. et al.,  Bioética y la brecha 10/90: fallos, desafíos y oportunidades: Revista Redbioética UNESCO 5 (2014) 81-93.

[6] O’Mathúna D. P., Decision-making and Health Research: Ethics and the 10/90 Gap: Research Practitioner 8 (2007) 164-172.

[7] Hasta donde he podido investigar, Juan Pablo II usó la expresión por vez primera en su discurso a los obispos del CELAM reunidos en Puebla, el 28 de enero de 1979. Cf. AAS 71 (1979) 189-196; Sollicitudo rei socialis Número 42.

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