Choque moral en México

0 Comment(s) | Posted | by Miguel Ángel Sánchez Carlos |

por Miguel Ángel Sánchez Carlos

El sábado 24 de septiembre pasado tuvo lugar un acontecimiento en la Ciudad de México bien puede sintetizarse como “un choque moral”. Un evento que no llegó a la violencia física gracias a la policía, pero que estuvo precedido por declaraciones muy tendenciosas, por graves mentiras y por expresiones amables pero muy discriminatorias.

En torno al monumento llamado “Ángel de la Independencia”, que en realidad es la Victoria alada griega, pero que por tradición religiosa llamamos Ángel y que bien puede simbolizar la confusión que existe en México en torno a la identidad sexual, puesto que es un Ángel con cuerpo semidesnudo de mujer, se aglutinaron dos contingentes: por un lado las y los católicos que se oponen al Matrimonio igualitario, al reconocimiento civil a parejas del mismo sexo y el derecho a adoptar, y las personas a favor al mismo.

Los primeros están representados por el Frente Nacional por la Familia, una asociación civil que tiene el respaldo de la Conferencia de Episcopado Mexicano, y que el 8 de septiembre organizaron marchas en ocho estados de la república, con la asistencia masiva de fieles, sacerdotes religiosas y algunos obispos. Algunas de las expresiones en los medios de comunicación y en las consignas de este contingente  decían: “Viva el matrimonio entre hombre y mujer, porque el matrimonio sodomita pone en riesgo a nuestros niños”. “De norte a sur, de este a oeste, defenderemos la familia, cueste lo que cueste”. “La familia es y debe ser como Jesús, María y José”. Por su parte, el periódico oficial del Arzobispado de México indicaba por esos días: “La OMS se equivocó al sacar a la homosexualidad del catálogo de las enfermedades mentales” y el cardenal señalaba: “Debemos proteger a la familia tal como Dios la creó”.

Los segundos están representados a su vez por la comunidad LGBT (Lésbico Gay Bisexual y Transgénero), entre los cuales se manifestaron también católicas y católicos. Algunas de sus consignas iban es este tenor: “Todos somos familia, ama y deja amar”. “Soy católico y soy gay y te invito a platicar”. Pero también había consignas que eran abiertamente ofensivas contra la jerarquía católica.

El disparador de tal controversia fue la propuesta, nada nueva, del Presidente Enrique Peña Nieto, para que el matrimonio igualitario sea reconocido en los Estados del país que aún no cuentan con él.

Estos acontecimientos nos llaman a la reflexión ética, al menos en dos sentidos.

El primero va en relación a la necesidad de actualizar nuestra reflexión sobre estos temas. Dado que el Documento Optatam Totius (OT) del Concilio Vaticano II nos convoca a elaborar una teología moral con carácter científico, podemos preguntarnos: ¿Es la familia una institución creada por Dios o un logro institucional, producto de la evolución humana y social? ¿Ha sido la familia consanguínea un ideal sociocultural, basado exclusivamente en la heterosexualidad o una realidad multiforme, que ha dependido de su contexto histórico? ¿En conveniente basar nuestras formalidades institucionales en lo que creemos o dar el paso a que estas formalidades partan de lo que conocemos, gracias al aporte de las ciencias? ¿Es la homosexualidad una enfermedad excluyente, transmisible a la pareja y a la descendencia o simplemente existen personas que se enamoran y buscan vivir su amor con un respaldo institucional, de acuerdo a su condición o preferencia? ¿Los cambios tan vertiginosos que vivimos como sociedad nos llaman a los cristianos a emprender nuevas cruzadas socioculturales o a proponer de una manera  responsable y formal una ética de mínimos y de máximos?

El segundo sentido de nuestra reflexión busca insistir en la necesidad de una ética teológica abierta al diálogo respetuoso, pero firme, y a ubicarnos como personas integradas e implicadas en las sociedades democráticas, aunque imperfectas,  en las que vivimos.

En el sentido del diálogo, las enseñanzas del Papa Francisco son muy alentadoras, ya que, criticando la separación entre sexo del género (AL 56) y rechazando equiparar el matrimonio heterosexual con la relación entre personas del mismo sexo (AL 251), reconoce sin embargo a la alegría como la primera característica de la familia, misma que se vive en la pluralidad de formas, sin negar desde luego sus crisis y los nuevos desafíos que las familias enfrentan. El Papa no pretende dar respuestas magisteriales intransigentes, sino abrir la reflexión y la discusión, en el esfuerzo generoso para optar por el matrimonio y la familia, buscando la mejor respuesta a la gracia que Dios ofrece (AL 36). Del mismo modo, al respecto de los jóvenes propone lo que podemos llamar una formación parenética sobre la familia, a través del diálogo inductivo y abierto.

Estas características de las enseñanzas papales, entre otras, que ponen el acento en el discernimiento personal sin suplantar a la conciencia personal (AL 303-306), en contraste con las enseñanzas de su predecesor que colocaba a la conciencia frente al peso de la Verdad inamovible, nos muestran que otra reflexión ética y otra práctica pastoral son posibles.

A nosotros corresponde abrirnos como Iglesia al diálogo crítico y sanamente tenso o unirnos a las huestes tradicionalistas de doble moral, que llaman al choque frontal “por la defensa de la familia natural querida por Dios”, pero son incapaces de manifestarse contra la violencia y la corrupción estatales, que siguen desgarrando el tejido social y llenando el territorio nacional de fosas clandestinas.

Referencias:

AL: Amoris Laetitia (http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html)

OT: Optatam totius (http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19651028_optatam-totius_sp.html)


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