Diplomacia y utopía

0 Comment(s) | Posted | by Miguel Ángel Sánchez Carlos |

“Diplomacia y utopía” por Miguel Ángel Sánchez

 

Desde hace algunas semanas se supo del acercamiento diplomático entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, con la mediación del Vaticano, concretamente del Papa Francisco. Hace algunos días se dio la apertura de la embajada estadounidense en la Habana, con sendos discursos, diferentes pero conciliadores, por parte de ambas representaciones nacionales.

 

Teniendo en cuenta que son diversas las experiencias históricas de este hecho, y por tanto son diversas las interpretaciones del hecho, hay un aspecto que puede considerarse desde la perspectiva ética cristiana latinoamericana, a partir de ejemplos del cristianismo militante en México. En primer lugar, la revolución cubana ha sido siempre un paradigma social para los sectores progresistas mexicanos, tanto cristianos como políticos. Con todos sus bemoles, el movimiento revolucionario significaba una alternativa real a la utopía cristiana de construir una sociedad equitativa, solidaria y fraterna. El movimiento de “Cristianos por el socialismo”, asesorado por Mons. Sergio Méndez, obispo de Cuernavaca, Morelos, insistía en que no había contradicción entre cristianismo y revolución.

 

Con un análisis de la realidad que al paso del tiempo deja ver sus polaridades y sus limitaciones, se pensaba que la opción política de la fe se construía en el Caribe y en el sur del continente. Estados Unidos representaba la antítesis del compromiso de Fe.

 

Al interior de la iglesia se hacían análisis ético-teológicos y eclesiales semejantes. La teología de la liberación y las Comunidades Eclesiales de Base constituían la mejor alternativa a una realidad polarizada por un “invierno eclesial”, que parecía definitivamente estacionario. Tal polarización se manifiesta en el Documento de Puebla, emanado de la tercera Conferencia General de Episcopado Latinoamericano.

 

Aunque existen muchas diferencias entre el acuerdo diplomático Caribeño-Estadounidense y la caída del Muro de Berlín, en el inconsciente colectivo de algunos sectores conservadores, políticos y eclesiásticos, aparece el espectro triunfalista del fin de las utopías, de que los saldos sociales fueron más de pérdidas que de ganancias, de que termina por imponerse la razón conservadora del conformismo complaciente, por encima de la transformación radical.

 

Pero no hay que caer en un análisis demasiado simple. Los movimientos revolucionarios, como el cubano y los que le siguieron en Centro América nunca representaron la única alternativa para el compromiso cristiano, ni mucho menos la más perfecta.

 

Sin negar los radicalismos posibles, puede decirse que en general las alternativas políticas siempre se consideraron mediaciones de la utopía cristiana, siempre imperfectas, limitadas revisables, y también mejorables. Siempre se insistió que había que mantener la opción fundamental de la Fe y de la escatología cristiana, por encima de las mediaciones históricas que pudieran serle viables, en las diversas coyunturas; nunca había que tener más confianza en las jerarquías políticas y eclesiásticas que en el Dios del Reino, anunciado por Jesucristo.

 

Ahora bien, la realidad política y económica actual del continente nos muestra que estamos muy lejos del tan sonado “fin de la historia”, del triunfo de una sola alternativa, por muy hegemónica que sea. Bastan algunos ejemplos: no se han detenido las crisis recurrentes de los mercados internacionales y sus perniciosos efectos sobre las endebles economías del Continente (la crisis estadounidense de 2008 y sus efectos en México); las economías locales que han mostrado crecimiento al seguir los modelos neoliberales dominantes han terminado por caer en recesiones y en estancamientos (Argentina y Brasil, por ejemplo). Tan grande ha sido la imperfección del modelo de desarrollo basado en la dinámica del mercado neoliberal, que sus efectos ya son inocultables para la sustentabilidad del planeta, como lo señala oportunamente la Encíclica Laudato Si, del Papa Francisco.

 

¿Qué puede quedarnos de este acercamiento diplomático entre dos países que representan tanto simbolismo para el Continente?

 

Entre otras cosas, representa una llamada a la resignificación de la utopía social cristiana; al reforzamiento de la esperanza en la búsqueda de mediaciones sociales y políticas que concreticen, aunque de manera parcial e imperfecta, la solidaridad y el amor social con quienes sufren el empobrecimiento y la injusticia; son un llamado a prevenirnos de los radicalismos y a rescatar lo que hay de más humano y más justo en los modelos políticos y socioeconómicos que se han visto como antagónicos.

 

La “primavera eclesial” creciente, que muchos no esperábamos, es un tiempo más que propicio para impulsar la ética social cristiana en sectores políticos que reconocen que no son perfectos y que pueden, a pesar de sus diferencias, resentimientos y lastres históricos, compartir lo más humano de sus experiencias para un mundo mejor.

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