El Papa Francisco y la “ética de la solidaridad” en las relaciones internacionales

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El Papa Francisco y la “ética de la solidaridad” en las relaciones internacionales

Por Aníbal Torres (Argentina)

En una situación mundial que ha caracterizado como “inequidad planetaria” (Laudato si’, Cap. I), Francisco viene haciendo diferentes referencias al rol de la ética en las relaciones internacionales. Nos resulta interesante reflexionar aquí sobre el itinerario de los señalamientos del Papa en favor de una ética para el sistema mundial, como parte de su noción más amplia de ética social.

Consideramos que es pertinente iniciar tal recorrido con las homilías que el entonces Cardenal Jorge Bergoglio pronunció en la Catedral de Buenos Aires en cada Te Deum por el 25 de Mayo, día de fiesta nacional en Argentina. Observamos que en la cátedra teológico política del entonces arzobispo confluyeron tres corrientes de reflexión: la jesuita (en línea con lo dispuesto por Claudio Acquaviva en De Confesaris realis, de 1602), las homilías del clero nacional del siglo XIX y la “teología del pueblo”. En sus mensajes Bergoglio desplegó algunos conceptos como pueblo (comprendido con su “alma”, su sapiencia, su unidad en la pluralidad, su ethos), poder (como servicio), ley (como marco de la justicia, la política y la solidaridad), y democracia (donde se articulan lo procedimental con lo sustancial, la representación política con la participación popular). Lejos estaban sus palabras de concebir a su país como cerrado a la región de pertenencia y al sistema internacional. Por el contrario, al tiempo que advertía las interconexiones y complejidades mundiales, Bergoglio abogó por la integración social, la acogida generosa a los nuevos inmigrantes y la unidad de la “patria grande” latinoamericana. Su atención al panorama internacional incluso le llevó a escribir en 1998  el libro “Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro, ante la histórica visita del Papa Wojtyła a la isla. 

Al poco tiempo de haber sido elegido Obispo de Roma en 2013, Francisco escribió el prefacio del libro La diplomacia pontificia en un mundo globalizado, del hasta entonces Secretario de Estado, Tarcisio Bertone.  Allí el Papa hizo importantes señalamientos para la diplomacia, en general, y para la labor internacional de la Santa Sede, en particular: propuso que los diplomáticos deben impulsar la “utopía del bien” y ejercer la “ética de la solidaridad” a escala planetaria. Ésta la concibe como opuesta a una ética basada en la “razón de Estado”, que ha traído conflictos al mundo y privación de derechos. En ese mismo texto, el Papa señala que la diplomacia de la Sana Sede debe contribuir a hacer “renacer la dimensión moral en las relaciones internacionales”.

Es interesante ver que esta misma expresión la volvemos a encontrar con ligeras modificaciones en Laudato si’ (n° 51), encíclica donde el pontífice pide, retomando a Benedicto XVI, una “verdadera autoridad política mundial”, para una nueva “gobernanza” internacional (n° 175). También el Papa ha venido haciendo mención a tal ética en diferentes discursos, como los pronunciados al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Sin embargo, nos parece importante reparar en dos intervenciones suyas. Por un lado, la histórica visita a la 70° asamblea de las Naciones Unidas en 2015, que bien puede considerarse la presentación de Laudato si’ a la comunidad de Estados. Allí expresamente Francisco señaló que la ética y el derecho no pueden estar “basados en la amenaza de la destrucción mutua –y posiblemente de toda la humanidad-”, recordando que ya Pablo VI llamaba a recuperar “la conciencia moral del hombre”.  Por otro lado, el mensaje por la 50° Jornada Mundial de la Paz, al inicio de este 2017. Aquí el Papa defiende la “ética de la fraternidad y la coexistencia pacífica entre las personas y entre los pueblos”, haciendo un llamado a la no violencia activa.

Podemos decir que estos señalamientos orientan en cierta forma las acciones de la diplomacia de la Santa Sede, muchas veces con Francisco como protagonista de las mismas: sus viajes que privilegian “las periferias”, la firma de acuerdos bilaterales, la presencia en organismos internacionales, las mediaciones (por ejemplo en Siria, Venezuela, el vínculo entre Estados Unidos y Cuba, las relaciones palestino-israelíes) y el diálogo ecuménico e interreligioso (con los encuentros de Jerusalén, Estambul, Ereván, Asís y Lund).

De manera entonces que la ética de las relaciones internacionales tiene al amor como fundamento último, según lo que señalaba en 2012 el entonces Cardenal Bergoglio sobre la ética social en general y al año siguiente lo expresó respecto a “la comunidad de los Estados” en particular, en el mencionado prefacio. Se trata entonces de un amor social que en el plano internacional genera vínculos, que politiza, que construye la fraternidad en la “casa común” de la humanidad, respetando el ambiente, los pueblos, las culturas y la soberanía de los Estados. En última instancia, la “ética de la solidaridad” internacional apunta a edificar lo que en Laudato si’ señala como la “cultura de la vida” por sobre la “cultura del descarte”, que es “cultura de la muerte” (n° 22 y 213). Así, el Papa actualiza lo que ya señalaba San Agustín, de que no es “el amor a sí mismo” sino el “amor a Dios” lo que funda la “ciudad celestial”, que en su peregrinación “no es solitaria sino social y política”[1].

 



[1]La Ciudad de Dios, Libro XIV, Cap. XXVIII; Libro XV, Cap. I; Libro XIX, Cap. XVII.

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