Hoy en México el periodismo es profetismo

0 Comment(s) | Posted | by Miguel Ángel Sánchez Carlos |

“Hoy en México el periodismo es profetismo”

por Miguel Ángel Sánchez Carlos

 

Uno de los sectores más afectados por la crisis del Estado fallido en México es el de los periodistas. Lo cual desgraciadamente es obvio: si las instituciones estatales fracasan en brindar seguridad a la población, oportunidades laborales con futuro, impartición de justicia equitativa y expedita y administración pública eficiente en general, lo que esos sectores gubernamentales quieren evitar es justamente que la población se entere de esa crisis, que tome conciencia de la situación y que, por ende, exija soluciones viables.

 

El trabajo periodístico siempre había sido peligroso en México, ya que en décadas, durante “la dictadura perfecta del priismo”[1] y los medios de comunicación empresariales aliados a éste, no había más que dos posibilidades: aceptar la marginalidad de la libertad de expresión, con salarios y oportunidades ínfimas o entrar en la corrupción, abierta o encubierta, con censura o autocensura, donde en trabajo periodístico podía llegar a ser un negocio perfecto. Como muestra de esto último está aquella frase del presidente José López Portillo (1976-1982), quejándose de la fuente periodística de la presidencia que quiso revelarse de la censura: “No les pagamos para que nos peguen”.

 

Los procesos políticos y sociales que desembocaron en la alternancia en el poder gubernamental hacia el año 2000, produjeron la apertura de algunos medios de comunicación, situación que se ha visto potenciada por el uso de las nuevas tecnologías. Esto ha redundado en una mayor profesionalización del periodismo y en una mayor competencia por las audiencias, con todas las limitaciones que todo proceso social contiene.

 

Reconociendo el riesgo de ser simplista, creo que es posible afirmar que desde hace casi 12 años el gran riesgo que enfrenta el periodismo procede de los poderes fácticos, los cárteles del narcotráfico y sus mutaciones en crimen organizado, que han tomado el lugar que deberían tener las instituciones del Estado, y esto ha sido por comisión, por corrupción o por omisión.

 

Algunos datos que pueden respaldar lo anterior indican que del año 2000 a la fecha han sido asesinados en México 123 periodistas. Paradójicamente, hace siete años se creó la Fiscalía Especial para la Atención a los Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión, pero de ese entonces a la fecha la Fiscalía inició 1926 averiguaciones previas, de las que sólo se consignaron 111, y de esas sólo tres concluyeron con una sentencia; es decir, el 99.85 % de esos ilícitos quedaron impunes. En lo que va del año han sido asesinados seis periodistas, algunos a pleno día, frente a su lugar de trabajo o enfrente de su casa o en presencia de sus familiares.

 

Estos periodistas no son números estadísticos, sino personas con nombre y rostro y con una trayectoria profesional en favor de la verdad, como Jonathan Rodríguez, Maximino Rodriguez, Ricardo Monlui, Cecilia Pineda, Miroslava Breach y Javier Valdez. Aunque el actual gobierno de Enrique Peña Nieto no quiera reconocerlo, ser periodista en México es más peligroso que serlo en Siria o en Afganistán.

 

Los intereses de los grupos de poder en México, político o criminal o de ambos, que han sido “tocados” por la investigación de los periodistas son de diverso tipo; a veces los periodistas develan la verdad sobre los acontecimientos que impactan negativamente a la sociedad o en ocasiones rechazan divulgar determinados sucesos que los grupos antes mencionados quieren que se divulguen. Esto les lleva a ser presa de la violencia con que eso grupos criminales actúan.

 

Como en todo conflicto bélico, en “la guerra” que el gobierno de Felipe Calderón (2006-2012) les declaró a los carteles del narcotráfico y que ha continuado su sucesor Enrique Peña Nieto, siempre hay movimiento de diversos grupos y diversas interpretaciones sobre lo acontecido. Una cosa si es cierta: quienes buscan difundir la verdad tocan intereses de grupos que responden de forma violenta, situación que se agrava en un Estado fallido que no imparte justicia.

 

Y es justamente en el tema de la verdad donde destaca el carácter ético de la labor de los periodistas. Como es de todos conocido, para la tradición judeo-cristiana el profeta es “el que habla en lugar de otro”, el que trasmite la verdad que Dios quiere comunicar, verdad que denuncia el mal cometido y que anuncia la voluntad reconstructora o salvadora de Dios. Por tanto, ninguna denuncia o anuncio de la verdad ha sido neutra, pues siempre va en relación de nuestro actuar como humanos; para derribar o para reconstruir.

 

Independientemente de la tendencia de los análisis que podamos hacer sobre la realidad política y social de México, una cosa es cierta: Dios no quiere vivamos en una sociedad donde se daña o se elimina la dignidad de las personas, mucho menos como medio para favorecer intereses de poder, económicos o políticos grupos dominantes. Esta es una verdad fundamental para la ética cristiana; la restauración de la dignidad humana en este contexto  forma parte esencial del anuncio del evangelio (Evangelii Gaudium 75); “la dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una voz profética” (Evangelii Gaudium 203).

 

En esta hora de México hay periodistas que han hecho suya esta voz, viviendo las consecuencias de todo profeta (Mt 23, 30-31; Lc 11, 47-48). ¿Dónde está la nuestra como sociedad, como eticistas y como Iglesia? Es pregunta.

 

 



[1] El Partido Revolucionario Institucional (PRI) es un partido político de México que mantuvo el poder político sobre dicho país de manera hegemónica entre 1929 y 1989, cuando perdió por primera vez una gubernatura, la del estado de Baja California (ante el candidato del PAN Ernesto Ruffo Appel); posteriormente perdería la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados en 1997 y la de Senadores en 2000. Desde 1929 todos los presidentes de México fueron miembros del PRI o sus partidos antecesores, hasta que se produjo la primera alternancia en el poder de manera pacífica en un siglo, en las elecciones federales del año 2000, cuando ganó por primera vez un representante de la oposición. Ese fue Vicente Fox, del PAN (Partido Acción Nacional).

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