Justicia cordial para la bioética del siglo XX

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Justicia cordial para la bioética del siglo XXI[1]

Jorge José Ferrer, SJ

La bioética se gestó como disciplina autónoma en los años sesenta y setenta del pasado siglo. Aunque Fritz Jahr había acuñado el término Bio-Ethik en 1927, la semilla no prendió entonces. A principios de los años setenta, el término fue reinventado ex novo y, al parecer, de manera simultánea e independiente por Van Rensselaer Potter en Madison, Wisconsin, y por André Hellegers y sus colaboradores en la ciudad de Washington, DC. Los intereses ecológicos que se encuentran en la obra de Potter tuvieron un modesto influjo en el desarrollo de la bioética en la segunda mitad del siglo XX. La atención se centró en los problemas éticos planteados por la investigación biomédica con participantes humanos y en la práctica clínica.

El siglo XX conoció impresionantes avances en los campos señalados. Los mismos plantearon, inevitablemente, preguntas morales inéditas. Sin ellas no se habría desarrollado la bioética como disciplina autónoma. Pero es preciso señalar otro factor igualmente determinante: la nueva cultura de la igualdad y del respeto por la autonomía de las personas, que floreció sobre todo en las democracias liberales del llamado primer mundo. Los movimientos liberacionistas en los países en vías de desarrollo, como se les llamaba entonces, tendieron a articular sus discursos en un lenguaje distinto, más marcado por los movimientos socialistas y el análisis marxista que tuvo en esos años un importante influjo. En este segundo modelo, el énfasis en los derechos y libertades individuales era mucho menor.

Nacida en Estados Unidos, la bioética adoptó el principio de respeto por la autonomía individual como su santo y seña. La centralidad de la autonomía puede constatarse verificando el papel que ocupa en el clásico libro de Tom L. Beauchamp y James F. Childress, Principles of Biomedical Ethics. Por más que los autores nieguen la existencia de un orden lexicográfico entre sus principios, no faltan críticos que señalan una prioridad de facto del respeto por la autonomía (Callahan, 2003).

No negamos, por supuesto, la importancia ética del respeto y promoción de la autonomía personal. Sin embargo, qué duda cabe que la autonomía no es autosustentable. La gestión de la propia autonomía personal se da en un contexto social y político. La pobreza y otras formas de marginación y exclusión sociales limitan el ejercicio genuino y responsable de la autonomía. La marginación priva a las personas de tener alternativas reales y acrecienta las posibilidades de que sean explotadas. Esto repercute también en el ámbito de la atención médica y de la investigación científica, que son ámbitos de especial interés para la bioética. Por eso sostenemos que el principio de respeto por la autonomía es inseparable del principio de justicia social. Más aún, afirmamos que el principio de justicia posibilita y garantiza el ejercicio de la autonomía.

Una dificultad es que la justicia misma es susceptible de muy diversas interpretaciones, como indica el título del conocido libro de Alasdair MacIntyre, Whose Justice? Which Rationality?  No son idénticas y ni siquiera aproximadas las nociones de justicia propuestas por el libertarianismo de Robert Nozick, el igualitarismo socialdemócrata de John Rawls o los profetas del antiguo Israel. En sentido muy básico, que no podemos desarrollar cabalmente en un artículo breve, postulamos que la justicia requiere que la sociedad garantice a todos sus miembros la posibilidad de una vida conforme a las exigencias de la dignidad humana. Eso supone, lógicamente, la satisfacción de las necesidades básicas físicas, intelectuales y sociales, incluyendo un ambiente social que permita que las personas se sientan respetadas como tales. Madison Powers y Ruth Faden identifican seis dimensiones básicas para la autorrealización de las personas que tiene que ser protegidas y promovidas por una sociedad que quiera ser justa: salud, seguridad, razonamiento (desarrollo intelectual), respeto, afiliación afectiva y autodeterminación (Powers y Faden, 2006, 16-29).

La promoción de la justicia no es una empresa puramente racional, como ha pretendido buena parte de la filosofía occidental. Tiene una dimensión cordial, como ha insistido Adela Cortina (Cortina 2009 y 2010). Cualquier discurso ético, incluyendo el tema de la justicia, pasa por el reconocimiento recíproco de las personas como iguales en nuestra común humanidad. Este reconocimiento supone una dimensión afectiva, que nos permite sentir empatía, compasión y reverencia por la persona del otro, poniéndonos en sus zapatos cuando sufre o goza y haciéndonos solidarios con ella. Esto indica que la lucha por la justicia pasa por la educación del afecto y por la conversión del corazón. Dicho de otro modo, el compromiso por la justicia tiene como su fundamento una experiencia espiritual de conversión. El compromiso con la justicia y la igualdad requiere que la reflexión teológica supere el tradicional distanciamiento entre ética social y espiritualidad. La revolución de la ternura proclamada por el Papa Francisco, tan preocupado por los pobres y por la civilización del descarte, nos pone en el camino correcto. La justicia cordial debe ser el principio vertebrador para las bioéticas del siglo XXI, de manera especial para las que se elaboran a partir de premisas teológicas cristianas.

 

Bibliografía citada

Beauchamp & Childress, Principles of Biomedical Ethics, 7th edition, New York, Oxford University Press, 2013.

Cortina A., Ética de la razón cordial, Oviedo, Ediciones Nobel, 2009.

Id., Justicia cordial, Madrid, Trotta, 2010

Callahan D., Principlism and Communitarism: Journal of Medicine and Philosophy 29 (2003) 287-291

MacIntyre A., Whose Justice? Which Rationality?, Notre Dame, University of Notre Dame Press, 1989.

Powers M. & Faden R., Social Justice, New York, Oxford University Press, 2006.



[1] Este artículo está basado en la investigación y reflexión que estoy realizando para la preparación de un artículo académico sobre esta temática. 

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