La Cruz: Misterio de Revelación.

0 Comment(s) | Posted | by Jutta Battenberg Galindo |

La Cruz: Misterio de Revelación.

 

Pues la predicación de la cruz

 es una locura para los que se pierden;

mas para los que se salvan –para nosotros-

 es fuerza de Dios

1Cor 1,18

 

El esfuerzo por escudriñar y comprender la Trinidad de tantos teólogos, teólogas y creyentes a lo largo de la historia muestra lo profundo y significativo que ha sido y sigue siendo el encuentro con el Resucitado. Pretender agotarlo no sólo es soberbio sino imposible; sin embargo, esto no obsta para seguir reflexionando y compartir con otros y otras las intuiciones que aparecen a lo largo del camino. Esto se hace especialmente vigente alrededor de la Semana Santa que nos lleva a repensar en el Misterio que da origen a nuestra esperanza y que nos convoca cada año para renovar la confianza en el Dios que confesamos ¿Qué misterio guarda la Cruz? ¿Cuánta verdad encierra? ¿Qué nos puede decir hoy a los Hombres, varones y mujeres, que nos debatimos entre el fanatismo y la incredulidad?

 

En primer lugar, la Cruz revela quién es el ser humano, o mejor dicho, cómo es el ser humano. Independientemente de las tesis existentes para definir y diferenciar a la raza humana del resto de las especies y de las particularidades que cada cultura tiene, en todo tiempo y en toda persona hay un elemento común y presente siempre: los seres humanos crucificamos humanos y no hay manera de evitarlo[1] (Mt 19, 16-17; Jn 8,7; Rm 3,23). En efecto, los seres humanos destruimos a nuestros congéneres y no sólo en defensa propia, a quien se identifica como amenaza o por venganza; esto incluye también a los y las más cercanos(as), a los(as) más amados(as), a los(as) mejores. Más allá de las intenciones, del cuidado que se ponga, de los afectos que vinculan, los humanos dañamos…

 

Sin embargo, el misterio de la Cruz no se queda ahí, también nos revela al Hijo. Aquel que se abajó por envío del Padre (Jn 1,1s; 3, 17; Rom 1,3; Gal 4,4) y mostró el verdadero rostro de Dios (Lc 6,36; Jn 8, 19; 18, 37). Cuyo nexo fue tan estrecho con su  Abbá que lo siguió hasta las últimas consecuencias (Mc 14,36 y par; Jn 10,38). Quien en su condición de verdadero Hombre (Mt 13, 55; Gal 4,4), plenamente vinculado con Dios (Mt 20,28; Jn 12,50; 14, 9s ) y absolutamente comprometido con el ser humano (Mt 20,28; Mc 4,23 y par; 10,45), superó los condicionamientos violentos de su tiempo (Mt 5,20-48; 15,10; Jn 8, 3-11) y asumió el fruto de sentir, pensar y actuar de acuerdo a la relación que estableció con su Él (Mt 16, 21-23; 17, 22-23; 20, 17-19; 26, 21-24 y par; Lc 12, 49-50), la cual lo llevó a enfrentar consciente y voluntariamente las dramáticas consecuencias de su pasión (Mt 26,47-68. 27,1-2. 11-50 y par; Jn 10,18).

 

En la Cruz, también se revela el Padre, Aquel que se mostró totalmente unido y volcado hacia su Hijo, con Él todo el tiempo (Jn 5,20; 8,29; Jn 10,38 ), que lo llenó de su amor y de Él mismo (Jn 5, 25-26; 8, 19; 14, 9-10; 15,9). Quien, sin intervenir en el curso de la historia, lo sostuvo en todo momento (Mt 26, 39; Lc 22,43; 23,46); respetó la libertad tanto de su Hijo como de los seres humanos (Jn 10,17; Mt 12,14; Jn 10, 53 ) y mostró que tiene la última palabra cuando lo resucitó (Mc 16 y par 1-8 ) y confirmando aquello que Jesús siempre predicó: su infinito perdón (Lc 24,49; Jn 12,47 ).

 

La Cruz, también es la manifestación del Espíritu, como el amor, que rodea y une al Padre y al Hijo (Jn 10,30), como esa poderosa conexión que vinculó a Jesús con Dios (Mt Lc 1,80; 2, 40; ), que siempre estuvo presente (Mc 1,12; Lc 4,1.14; ), que lo sostuvo en la pasión y la muerte (Lc 23,46 ) y que Jesús entregó a la humanidad después de su partida (Jn 7 39; 14, 16-17.26; 16, 7-15; Hch 2, 1-13). Es quien facilitó y sigue facilitando la aproximación a Dios (Jn 14,26; 16, 13-15; 1Cor 2,10s;), es la fuerza que nos introduce en el misterio Trinitario, que nos relaciona y solidariza con otros, otras y la creación entera (Lc 6, 35; Jn 14,20 ).

 

El poderoso enigma de la Cruz sigue despertando la conciencia de los seres humanos, que en ella contemplan su limitación, su fragilidad, su labilidad y el poder de la Trinidad que derrota el pecado y, con ello, impulsa para transformar realidades propias y ajenas (Jn 15,16; Hch 2, 42-47; 3, ; 4, 32-37; 6-7; 9, 20), para generar comunión, para formar Iglesia donde crecer, compartir y celebrar este misterio que nos convoca (Mt 26, 26-28 y par).

 

 



[1] Uno de los mayores conflictos que enfrentamos los seres humanos es aceptar nuestro propio egoísmo y violencia. La culpa nos agobia, la evadimos o la volcamos sobre la víctima es vez de asumir responsablemente las consecuencias de nuestros actos. El texto bíblico afirma con claridad que sólo Dios es bueno. El punto requeriría un mayor desarrollo, que sin embargo no es posible en este artículo, pero de ninguna manera se pretende realizar una afirmación en sentido determinista, o bien presentar esa inclinación del Hombre como inexorable.

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