Por una “ecología social”, ante los linchamientos en México.

0 Comment(s) | Posted | by Miguel Sanchez |

Este no es un tema agradable desde luego; sin embargo, es pertinente abordarlo si recordamos que uno de los objetivos del First es proyectar la realidad, los sentimientos y el ambiente social de los lugares donde nos encontramos; y este tema desgraciadamente forma parte de la actualidad en México.

El fenómeno del “linchamiento físico” ha ido en aumento, y ha aparecido de forma alarmante en los últimos meses en los estados de Puebla e Hidalgo, entidades muy cercanas a la Ciudad de México. Dos expresiones brotan de forma espontánea en quienes se enteran de tan lamentables sucesos: una es de beneplácito, argumentando que seguramente las víctimas lo tenían merecido por cometer delitos, como el robo o el secuestro; la otra expresión es de indignación, lamentando que en pleno siglo XXI existan en México turbas ignorantes, a quienes al parecer no ha llegado la civilización, o bien, señalando ¿cómo es posible que siendo esos pueblos tan católicos asesinen sin piedad a seres humanos?

Sin embargo, un pequeño acercamiento a algunos estudios sociológicos deja ver que el linchamiento se entiende mejor dentro del contexto social en el que sucede. Su misma definición es esclarecedora en este sentido: “el linchamiento es una situación de abuso y absoluta asimetría en la que se busca imponer un castigo físico multitudinario, bajo el pretexto de ejercer la justicia que el Estado no provee.”[1]

En el estudio antes citado se pregunta si estos hechos son producto de “un déficit de ciudadanía”, una “contraposición de sistemas normativos”, un “medio de control social”, una manifestación de los “usos y costumbres del México bronco[2]” que todavía persiste. Pero no existe prueba sociológica o geográfica documental que permita responder afirmativamente a estos cuestionamientos. Los linchamientos son más bien heterogéneos, ya que son variados tanto en su geografía como en sus tiempos y en su tipo de población.

Lo que sí es notorio es la existencia de dos constantes perfectamente documentadas: la primera es el aumento en las últimas décadas de la falta de procuración de justicia por parte de las autoridades y del debilitamiento del Estado de Derecho. La segunda es el crecimiento rampante de la inseguridad social, debido al crecimiento de la delincuencia organizada: asaltos, secuestros, fraudes telefónicos, etc., lo cual ha permeado el de forma notoria nuestra sensibilidad social. En los últimos casos de linchamiento existen denuncias por parte de la ciudadanía de un gran número de delitos, y el silencio y la omisión por parte de las autoridades para hacer su trabajo. Ante esta situación de miseria e injusticia “que clama al cielo”[3], el rumor de que cualquier desconocido es delincuente corre como reguero de pólvora. Una vez más el monstruo de la corrupción vuelve a sacar su cabeza causal.

Ahora bien, en el espíritu de trazar alguna directriz que nos permita ir más allá del horror, el Papa Francisco indica dos claves interpretativas e iluminadoras: “la ecología social” y “la ecología de la vida cotidiana.”[4]

La primera consiste en establecer relaciones humanas, desde lo primario hasta los complejos sociales, resguardadas y reguladas por instituciones que garantizan la libertad, la justicia y la no-violencia, donde juegan un papel primordial las personas, la sociedad civil, y desde luego, el Estado.

La segunda procura un ambiente social de armonía, amplitud e integración social entre los habitantes de los barrios. Por el contrario, el hacinamiento provoca desarraigo y conflictos violentos, muchos de ellos promovidos y aprovechados por grupos criminales, como hemos visto que ha está sucediendo en México. Tanto la precariedad en la participación social de los habitantes, como una autoridad estatal omisa o corrupta, provocan la anomia y el dominio de la criminalidad y la violencia[5].

En el mismo sentido, el Papa Francisco propone el compromiso con la ecología social en términos de amor, pero llevándolo al ámbito de lo civil y lo político, tanto en forma de macro-relaciones como en pequeños gestos de cuidado mutuo[6].

Estas orientaciones son auténticas estrategias programáticas, que pueden ejecutarse a través de grupos de reflexión u organizaciones sociales y civiles, tanto en las familias como entre vecinos o en grupos de estudiantes, desde bachillerato hasta universitarios. Desde luego que también entre grupos parroquiales. En la medida en que tratemos estos temas, desde las problemáticas hasta las estrategias programáticas, avanzaremos en la incidencia social para colaborar con soluciones pequeñas pero efectivas.

En nuestras manos personales, comunitarias y sociales está la posibilidad de participar, desarrollar y difundir tanto reflexiones como acciones y gestos que mitiguen la profunda crisis de justicia social, especialmente en las diversas periferias, territoriales y simbólicas, en las que se encuentra tan enrarecido y enfermo nuestro ambiente social. Un ambiente que está, por encima de todo, permeado de la esperanza activa de la mayoría de las personas, de diversas edades y ocupaciones, que construyen una sociedad mejor, aún a costa de pagar el precio que el profetismo implica.



[1] Elisa Godínez, Los linchamientos en México: más allá del escándalo, disponible en: https://horizontal.mx Comunidad | Octubre 26, 2015. (Consultado el 17 de septiembre de 2018).

[2] “Bronco” es un adjetivo que, en general, se emplea en México para hacer referencia a una personalidad indómita, de temperamento hosco, brusco o difícil de controlar.

[3] Documento de Medellín n. 1.1 refiriendo a la Encíclica Populorum Progressio n° 30. Enlace: http://www.diocese-braga.pt/catequese/sim/biblioteca/publicacoes_online/91/medellin.pdf

[5] LS n. 197.

[6] LS n. 231.

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