Porque era forastero, refugiado, desplazado, migrante y me acogiste

0 Comment(s) | Posted | by María Isabel Gil Espinosa |

Este año 2019 estamos conmemorando los 40 años de la tercera Conferencia general del Episcopado de América Latina, celebrado en Puebla (México) del 27 de enero al 12 de febrero de 1979. Esta Conferencia inspirada en Mt 25 nos señala algunos rasgos de los rostros con los que nuestro Dios Trinitario, encarnado en Cristo Jesús se identifica:

La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela:

  • rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, por obstaculizar sus posibilidades de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables, los niños vagos y muchas veces explotados, de nuestras ciudades, fruto de la pobreza y desorganización moral familiar;
  • rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados, sobre todo en zonas rurales y urbanas marginales, por falta de oportunidades de capacitación y ocupación;
  • rostros de indígenas y con frecuencia de afroamericanos, que, viviendo marginados y en situaciones inhumanas, pueden ser considerados los más pobres entre los pobres.
  • rostros de campesinos, que como grupo social viven relegados en casi todo nuestro continente, a veces, privados de tierra, en situación de dependencia interna y externa, sometidos a sistemas de comercialización que los explotan;
  • rostros de obreros, frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos;
  • rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos;
  • rostros de marginados y hacinados urbanos, con el doble impacto de la carencia de bienes materiales, frente a la ostentación de la riqueza de otros sectores sociales;
  • rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen.[1]

En nuestro Continente Latinoamericano todos estos rostros están presentes a lo largo y ancho de nuestras ciudades, pueblos y campos. Pero el rostro que quiero mostrar en este breve escrito es el del refugiado, el desplazado y el migrante.

Sólo algunos datos

Colombia, aparece, según la información de Acnur, como el país que tiene la segunda mayor población desplazada del mundo (7,9 millones), incluido el desplazamiento interno a causa de los conflictos y la violencia.[2]

Centroamérica (Honduras, Guatemala y El Salvador,) es actualmente otro foco muy importante en cuestión de desplazados, refugiados y migrantes. Muchos grupos de personas han viajado hacia el norte esperando encontrar en México y E.U. una oportunidad para mejorar su calidad de vida.  Según Acnur en México, hay aproximadamente de 7,000 a 9,000 personas repartidos entre Veracruz y Baja California. Entre ellos se encuentran personas que huyen de la persecución y de la violencia y con necesidades de protección internacional. Muchas son personas vulnerables y con necesidad de asistencia humanitaria, incluyendo mujeres y alrededor de 2,300 niños. Recién nacidos, mujeres embarazadas, ancianos y personas con discapacidades han sido identificados. Muchos están exhaustos, y otros sufren de heridas en los pies. Los grupos, ampliamente referidos como caravanas, están divididos en tres grupos principales y varios grupos pequeños.[3] Y las caravanas siguen llegando.[4]

Venezuela es otro drama. Cada día salen del país aproximadamente 5.000 personas; Es el mayor movimiento de población desplazada, migrantes y refugiados de América Latina en su historia reciente. Tienen que caminar por trochas y carreteras por días soportando las inclemencias del clima, con hambre, con los pies ampollados, cansados, con miedo, sin más equipaje que lo que llevan puesto. Acnur asegura que más de 2,6 millones de venezolanos están desplazados. Y la cantidad de venezolanos en búsqueda del reconocimiento de la condición de refugiado alrededor del mundo ha aumentado 2,000% desde el 2014.[5] La crisis migratoria en Venezuela se puede situar en la escala de Siria. Se estima que 1,6 millones de personas han huido de Venezuela desde 2015, y se espera que otros 1,8 millones se vayan este año.[6]

Hasta el momento, la mayor parte de venezolanos desplazados, migrantes y refugiados han llegado a Colombia; otros han buscado refugio en Ecuador, Perú, Brasil, Chile y Argentina; en México y el Caribe.

Lastimosamente esta realidad va más allá de nuestra América Latina, todos escuchamos casi todos los días noticias sobre los refugiados, desplazados y migrantes que huyendo de las guerras y el hambre llegan a las costas y fronteras de los países europeos. Podemos decir que es un fenómeno mundial.

En el Evangelio Jesús no hace comparaciones, sino que afirma que él se identifica con todos y cada uno de los seres humanos que sufren:

Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme. Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos?  ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. (Mt 25, 34-40)

El Papa Francisco, en el mensaje para la jornada mundial del migrante y el refugiado (enero 14-2018) que tenía como lema, acoger, proteger, promover e integrar, señalaba:

Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia (cf. Mt 25,35.43). A cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia. Esta solicitud ha de concretarse en cada etapa de la experiencia migratoria: desde la salida y a lo largo del viaje, desde la llegada hasta el regreso. Es una gran responsabilidad que la Iglesia quiere compartir con todos los creyentes y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que están llamados a responder con generosidad, diligencia, sabiduría y amplitud de miras - cada uno según sus posibilidades - a los numerosos desafíos planteados por las migraciones contemporáneas.

Todo esto nos indica que no podemos hacer Teología y en especial Teología Moral de espaldas a esta realidad de los refugiados, los desplazados y los migrantes. Porque “En efecto, las migraciones interpelan a todos, no sólo por las dimensiones del fenómeno, sino también «por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad internacional”.[7] Por supuesto, nosotros creyentes, teólogos, también debemos dejarnos interpelar por esta dolorosa realidad. En consecuencia, procurar que nuestra reflexión teológica no se quede encerrado en nuestras oficinas y que sea sólo una fría teología de escritorio.

Comments

  1. There are no comments yet.

Leave a Comment

Nonprofit Web Design and Development by New Media Campaigns