Relación Iglesia-Estado: Un Debate Ético O Político?

0 Comment(s) | Posted | by Emilce Cuda |

La  declaración que el presidente de la última dictadura militar de Argentina, Jorge Rafael Videla, hizo a la revista española Cambio 16 el domingo 12 de febrero del 2012, provocó un cierto malestar, adverso a la Iglesia Católica, entre la opinión pública de Buenos Aires. Declaración que no debería pasar sin la reflexión de los teólogos dedicados al campo de la moral. El ex-militar, juzgado responsable de la desaparición y muerte de personas entre los años 1976 y 1983, sostuvo: Mi relación con la Iglesia fue excelente, mantuvimos una relación muy cordial, sincera y abierta. No olvide que incluso teníamos a los capellanes castrenses asistiéndonos y nunca se rompió esta relación de colaboración y amistad.

Lo cierto es que, el relato público de Videla sobre la colaboración de una parte de la Iglesia Católica en Argentina con la dictadura militar de 1976, re-instala el debate sobre cuáles son los límites en la relación Iglesia-Estado en América Latina –un continente que lleva ya casi tres décadas de democracia sostenida, con un catolicismo que acompaña ese proceso. Cuando Videla declara que los vicarios castrenses –obispos católicos afectados a capellanías militares con jurisdicción propia- colaboraron con las Fuerzas Armadas: para atender al cuidado espiritual de los militares de tierra, mar y aire, y para atender las  necesidades espirituales de la Nación, reaviva el conflicto. Sobre todo al decir que el Estado argentino –cuando lleva adelante, y de pleno derecho, el juicio a los militares genocidas-, confunde justicia con venganza, constituyendo ese acto una amenaza grave a la unidad del Estado.

Me gustaría citar brevemente, a modo de reflexión, otro tipo de relación Iglesia-Estado. Citaré la relación que, en el siglo XIX, se dio entre el catolicismo y la república liberal en Estados Unidos, dentro de un marco que había separado constitucionalmente las jurisdicciones estatales y religiosas, como garantía de libertad para ambas esferas. Frente a los sucesivos ataques anticatólicos -que culminan con el incendio del convento de las Ursulinas el 11 de agosto de 1834 en Charlestown-, la Iglesia Americana reaccionó de manera diferente. En vez de abogar por la suspensión del Estado de derecho en defensa de los principios católicos, se hace más republicana y más demócrata. Reclama el fiel cumplimiento de los principios establecidos en la Declaración de Independencia y en la Constitución.

La Carta Pastoral del Tercer Concilio Provincial del arzobispado de los Estados Unidos, sostiene que la defensa del catolicismo debe hacerse desde las mismas garantías que ofrece la Constitución, y no mediante su suspensión. El documento, ni ataca a sus persecutores, ni pide situaciones de privilegio o tolerancia para el catolicismo. Simplemente reclama el fiel cumplimiento del Estado de derecho, argumentando que no se podría prohibir la libertad de expresión de algunos sin hacer caer al mismo tiempo el sistema republicano que garantizaba la suya. (Carta Patoral del Tercer Concilio Pastoral, 3 y 10)

Aun así, los obispos americanos sostuvieron que su garantía estaba en el ejercicio de la justicia por parte del Estado de derecho, y no en la venganza ejecutada en el vacío de su suspensión. Tampoco la jerarquía católica americana confundió la categoría de perdón correspondiente al plano religioso, con la categoría de justicia correspondiente al plano político. (12) Por el contrario, sus cartas pastorales constituyen un testimonio en defensa de las instituciones republicanas  como garantía de los principios católicos en la modernidad. Sostuvieron frente al Estado que, el solo repudio moral serviría para mezclar jurisdicciones, mientras que un crimen social necesitaba de la condena institucional y el resarcimiento económico correspondiente; y eso, lejos está de constituir un acto de venganza. (21)

Cabe preguntarse y reflexionar públicamente, entonces, si es pertinente aludir a la responsabilidad ética  de la Iglesia frente a la unidad de la Nación como fundamento para invadir la jurisdicción del Estado. José Pablo Martín, teólogo y filósofo argentino, en respuesta a las declaraciones de Videla, en una nota del diario Pagina/12 del domingo 19 de febrero del 2012, dice: Entre militares y sacerdotes, cuando el sacerdote piensa que se deben redimir no solamente personas, sino esencias sociales en peligro, y el militar piensa que no son enemigos solamente agresores armados, sino principalmente culturas extrañas. Cuando estos dos roles se encuentran, puede uno entender el paso que da Videla: ‘Relación de amistad’.  

La tarea de los teólogos latinoamericanos dedicados al campo de la ética, pasará por el análisis de estas nuevas relaciones, sin confundir el plano de lo ético –con su valoración del bien común en función de un fin último social-, con el plano de lo político –donde lo justo es el principio rector. Solo cuando las Furias devienen en Gracias, según Esquilo, puede alcanzarse el equilibrio de la polis; las Furias buscan el castigo como beneficio individual, las Gracias buscan la compensación como equilibrio social. Cuando la justicia desplaza la venganza, comienza la historia.


Church- State Relationship: An Ethical or Political Debate? 

The recent statement made by the president of the last Argentine military dictatorship, Jorge Rafael Videla, to the Spanish magazine Cambio 16 on Sunday February 12, 2012, caused some discomfort adverse to the Catholic Church among the public in Buenos Aires. The statement should not pass without reflection by moral theologians. The ex-general, judged responsible for the disappearance and death of people between 1976 and 1983, said: My relationship with the Church was excellent, very cordial, frank and open. Do not forget that we even had to chaplains assisting us and never broke this partnership and friendship.

The public statement by Videla about the collaboration of one part of the Argentine Catholic Church with the military dictatorship of 1976 re-installs the debate about which are the limits on church-state relationship in Latin America, a continent with nearly three decades of sustained democracy, and a Catholicism that accompanies this process. Videla’s declaration that “military bishops” - Catholic bishops assigned to military jurisdiction- collaborated with the Armed Forces: to attend the spiritual care of military land, sea and air, and to attend the spiritual needs of the nation, revives the conflict. Above all, his saying that the Argentine State’s trials against the military for genocide, confuses justice with vengeance constitutes a serious threat to state unity.

I would like to briefly describe, by way of reflection and contrast, another type of church-state relationship, that between Catholicism and the liberal republic in the United States America in the 19th century, within a framework that had constitutionally separate state and religious jurisdictions as a guarantee of freedom for both areas. Successive anti-Catholic attacks culminating with the burning of the Ursuline convent in what was then Charlestown, Massachusetts on August 11, 1834, provoked a reaction from American Church different from Videla’s. Instead of advocating the suspension of the rule of law in defense of Catholic principles, it becomes more republican and more democratic.  The Conference called for strict compliance with the principles established in the Declaration of Independence and the Constitution.

The Pastoral Letter of the Third Provincial Council of the Archdiocese of America (Pastoral Letters of American, Third Plenary Council, 3 and 10) argues that the defense of Catholicism be made from the same guarantees afforded by the Constitution, not by its suspension. The document neither attacks the Church’s pursuers nor calls for situations of privilege or tolerance for Catholicism. It simply calls the faithful performance of the rule of law, saying it could not prohibit the free expression of some without bringing down the republican system of guarantees for others.

The American bishops argued that the guarantee was in the exercise of justice by the rule of law, not vengeance executed in the emptiness of its suspension. Nor did the American Catholic hierarchy confuse the category of “forgiveness” on the religious level, with the category of “justice” on the political level.  By contrast, the pastoral letters are a testimony in defense of republican institutions as collateral for Catholic principles in modernity. They argued that the State’s moral condemnation only serves to mix jurisdictions, whereas a social crime requires institutional conviction and financial compensation. That is far from being an act of revenge.

Public reflection is merited as to whether to the Church’s ethical responsibility regarding the unity of the nation can be used a base to invade the jurisdiction of the State. Argentine theologian José Paul Martín responds to statements by Videla in a letter to  Página/12 Sunday February 19, 2012: Between military men and priests, where the priest thinks that not only people must be redeemed but endangered social essences as well, and the military man thinks that unfamiliar cultures are as dangerous as armed aggressors. When these two roles are found, one can understand the step that Videla takes: 'realtionship of friendship'.

The task of Latin American theologians dedicated to the field of ethics will be to analyze these new relationships without confusing the ethical plane, with its valuation of the common good in terms of an ultimate social end, with the plane of the political, where justice is the guiding principle. As Aeschylus teaches us, only when the Furies become Graces can the balance of the polis be achieved; the Furies seek punishment as an individual benefit, the Graces seek compensation in social balance. When justice displaces vengeance, the story begins.

Comments

  1. There are no comments yet.

Leave a Comment

Nonprofit Web Design and Development by New Media Campaigns