Saber “Tomar el Pulso Social”

0 Comment(s) | Posted | by Miguel Ángel Sánchez Carlos |

Saber “tomar el pulso social”

por Miguel Ángel Sánchez Carlos

“Para todo mal, mezcal y

para todo sismo, lo mismo.”

 (Refrán popular).

Decían los antiguos, con toda razón, que “los dichos son la síntesis de la sabiduría humana”. Y cuando éstos se parafrasean, como lo muestra el epígrafe de arriba, es porque esa sabiduría se está re-leyendo en una realidad concreta, reinterpretándola, resignificándola, dándole un nuevo sentido.

Los sismos que hemos vivido en los últimos meses en la zona metropolitana de la Ciudad de México, donde vivimos y circulamos a diario alrededor del 22 millones de personas, y los movimiento telúricos que se han producido también en el sureste del país (Oaxaca y Chiapas), son sucesos que forman parte de nuestro “pulso social” actual, sobre el que nos corresponde reflexionar ética y teológicamente, para leer en ellos “los signos de los tiempos” y profundizar así en “el paso de Dios en nuestra historia”.

En este contexto de sismicidad telúrica y social vivimos situaciones contrastantes y dialécticas: nos duele la tragedia de las personas que han perdido seres queridos o el patrimonio que forjaron durante años, pero tenemos un motivo más para unirnos con ellos y ser solidarios en la medida de nuestras posibilidades; nos enoja saber que la mayoría de estas desgracias se debió a la corrupción que impidió que se respetaran los reglamentos de construcción, pero externamos ese coraje a través de la difusión de burlas a los líderes corruptos; sentimos pavor ante nuevos sismos, pero tratamos de liberarnos de él mediante bromas, “memes” y caricaturas que hacemos circular en las redes sociales, cargadas de humor negro; nos molesta en el tráfico urbano la imprudencia y el ruido con que muchos motociclistas circulan, pero sabemos que ante el derrumbe de nuestro edificio, esos motociclistas arriesgarían la vida por sacarnos de los escombros o llevarnos a un hospital o transportar a médicos, medicinas, o herramientas para nuestro rescate, etc.

Como nos señala el documento de Aparecida: “La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores sufrimientos. Las sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades, como por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión, no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos. Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad. En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas”[1].

Es decir, vivimos dentro de un imaginario social contradictorio y dialéctico, en medio del caos urbano que nos asfixia, a veces al borde del precipicio existencial y la tragedia, y las más de las veces en el cosmos solidario de quienes saben que su vulnerabilidad social se agrava ante fenómenos que se catalogan como “naturales”[2], pero cuya causa profunda ha sido la especulación y la búsqueda de la ganancia, que dentro del sistema económico mundial nos ha llevado a olvidar los efectos degradantes sobre el medio ambiente y la dignidad humana[3].

Sabemos, por ejemplo, que la brutal extracción de agua del subsuelo de la cuenca de México[4] ha provocado, además del hundimiento de edificios, un subsuelo fangoso y arcilloso, rodeado de sedimentos y rocas, el cual al atrapar las ondas sísmicas aumenta la resonancia y la oscilación de las mismas[5], multiplicando sus efectos destructivos en las construcciones[6]. Este fenómeno se ha extendido hacia zonas periféricas de la cuenca de México[7], zonas habitadas por la población más vulnerable.

En este sentido, la forma en la que el Papa Francisco se refiere al agua, la cual “es indispensable para sustentar los sistemas terrestre y acuático”,[8] y al suelo, cuya “desertificación es como una enfermedad para cada uno”,[9] puede inspirarnos a una nueva forma de relación con la “hermana agua”, y a buscar alternativas éticas para la sustentabilidad de esta y otras megalópolis, como puede ser la creación de pozos de recarga acuífera, los cuales no sirven a los políticos para acumular votos porque no son visibles, pero que son una alternativa urgente para reducir la vulnerabilidad de la población más vulnerable de la megalópolis.

Es muy importante revalorar y potenciar lo más humano del imaginario urbano particularmente en su carácter ético, mismo que afloró en los momentos de urgencia ante los terremotos antes mencionados: la desinteresada solidaridad de los jóvenes milenials (acusados por los adultos de ser egoístas e insensibles ante la problemática social), el compartir de tantos comerciantes, especialmente de los pequeños negocios, (tachados de mercantilistas y de promover sólo las leyes del mercado salvaje), el valor civil de la población que exigía a los gobernantes actuar de forma efectiva y responsable ante la emergencia (una sociedad acusada de conformistas e indiferente), de sectores religiosos e instituciones eclesiales que organizaron el acopio y la distribución autogestivos de víveres y que promueven la reconstrucción material y del tejido social (acusadas de espiritualistas y manipuladoras).

Mucho quedan por reconstruir, restaurar y fortalecer en esta sismicidad telúrica y social. La sabiduría popular, tan impregnada de evangelio, es un recurso renovable que late en la experiencia dialéctica de nuestra ciudad, en cuyo pulso “laten” también los caminos que el Dios de la historia nos propone.



[1] Documento de Aparecida, 514.

[3] Francisco P., Carta encíclica Laudato Si’, 56.

[4] La Cuenca de México se ubica en el altiplano, que circunda a la Ciudad de México, rodeado por cadenas montañosas, como la Sierra Nevada que se ubica al este, la Sierra de las Cruces en el oeste y la Sierra del Chichinautzin en el sur. “La UNAM te explica: la historia hidrológica de la Cuenca de México”. www.fundacionunam.org.mx Consultado el 30. 12. 2017.

[5] El paso brusco de un terreno duro a uno suave, provoca una transferencia de energía de las ondas sísmicas entrantes, a ondas longitudinales, lo cual hace que éstas amplíen su movimiento. Dr. Jorge Flores Valdés, investigador emérito del Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México. Cfr. Foro Ambiental (n. 1).

[6] Un sismo mayor a 8 grados, como el que se prevé que proceda de la llamada Brecha de Guerrero, a 120 km de la CDMX, que no ha mostrado actividad sísmica en más de cien años, puede ser devastador debido al aumento en la extracción de agua en los mantos freáticos de la cuenca de México. Dr. Víctor Manuel Cruz Atienza, jefe del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ídem.

[7] Dr. Eugenio Gómez Reyes, especialista en hidrología de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Ídem.

[8] Laudato Sii 29.

[9] Ídem. 89.

Comments

  1. There are no comments yet.

Leave a Comment

Nonprofit Web Design and Development by New Media Campaigns