Ética de los ministerios y de las organizaciones eclesiales: ¿Una asignatura pendiente para la teología moral?

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By: Jorge Jose Ferrer, SJ

 

Durante los últimos tres lustros, la Iglesia Católica se ha visto sacudida por escándalos, que van desde los casos de abuso sexual de menores hasta las recientes e inquietantes revelaciones sobre las casas para madres solteras en Irlanda, pasando por los desaguisados financieros del IOR. No hace falta ampliar la lista. Hay que preguntarse qué retos plantean estas realidades a la teología moral.

 

No pretendo, por supuesto, agotar el tema. Me limitaré a dos aspectos que me parecen especialmente relevantes: la ética ministerial y la ética de las organizaciones eclesiales. En un artículo reciente, James Keenan ha señalado que la crisis del abuso sexual nos ha llevado a percatarnos de la ausencia de una cultura ética en la Iglesia (Theological Studies 75 [2014]156-169). Aunque existe una incipiente bibliografía sobre estos temas, especialmente en lengua inglesa, creo que necesitamos hacer mucho más.

 

¿Podemos plantearnos la elaboración de una “ética profesional” del ministerio eclesial? ¿Es acaso el ministerio una “profesión”? Los ministerios en la Iglesia no pueden identificarse sin más con las profesiones seculares, sobre todo en lo que éstas tienen de prestigio social o de compensación salarial elevada. Pero no puede negarse que existen importantes analogías entre las profesiones y el ministerio, particularmente aquellos que requieren formación especializada y una dedicación a tiempo pleno (párrocos, maestros en las escuelas católicas, profesores universitarios de teología, entre otros).

 

Además, “profesión” no es un término con connotaciones morales peyorativas. Desde el punto de vista etimológico, significa “confesión” o “compromiso público”. Tradicionalmente, en la cultura occidental, se han diferenciado dos tipos de ocupaciones: las profesiones y las artes y oficios. Las primeras se distinguían por requerir educación formal, servicio directo a las personas y un alto grado de compromiso moral. Una de las profesiones clásicas ha sido, precisamente, el ministerio eclesial, junto a la medicina y el derecho.

 

El siglo XX y los albores del XXI han conocido una verdadera explosión de las profesiones, correlacionada con el florecimiento de una sociedad del conocimiento. Dicha proliferación ha estimulado la reflexión sobre la sociología y la filosofía de las profesiones. Los autores señalan una serie de rasgos característicos de las profesiones: conocimientos y destrezas especializadas, la satisfacción de una necesidad social importante, el servicio directo a las personas y los requisitos de integridad moral, entre otros. Si miramos a los rasgos de las profesiones, podemos encontrar que aplican al ejercicio del ministerio, especial pero no exclusivamente a los ministerios que se ejercen a tiempo pleno, después de una formación especializada.

 

En cualquier reflexión sobre la ética de las profesiones y del ministerio es esencial incluir un elemento crucial: el poder. Los profesionales tienen poder porque suelen detentar el monopolio de un saber y un servicio importantes para el bien de las personas y de la sociedad. Por ejemplo, cuando estamos enfermos necesitamos del médico. Estamos ante él o ella en posición de desventaja. El médico tiene los conocimientos científicos y es, además, el portero que controla el acceso al sistema sanitario. Lo mismo pasa si vamos a buscar los servicios de otros profesionales. 

¿Tenemos poder los que ejercemos el ministerio en la Iglesia? Ciertamente los sacerdotes y obispos, para tomar el ejemplo probablemente más notorio, tenemos un enorme poder en el contexto de la comunidad creyente: Hablamos en nombre de Dios, tanto en el púlpito como en el confesionario. Tenemos en nuestras manos la celebración de los sacramentos, particularmente la eucaristía y la reconciliación. En el sistema parroquial, el párroco y sus vicarios siguen ocupando el lugar rector en medio de la comunidad.

Mientras haya gente que tenga fe en el mensaje y el ministerio de la Iglesia, los sacerdotes –y otros ministros eclesiales- tendremos poder. A nadie se le oculta que ese poder puede utilizarse mal, de manera manipuladora y opresora, para buscar el propio beneficio personal. El poder siempre tiene la posibilidad de ser usado de manera perversa, para explotar en vez de servir. La crisis del abuso sexual de menores y su manejo por las jerarquías eclesiásticas nos ha dado amplias pruebas de ello. La reflexión sobre la ética ministerial estaría incompleta sin una reflexión sobre la integridad institucional –la ética organizacional- de las instituciones eclesiales, que ahora no podemos abordar.

Trabajo en el campo de la bioética. Creo que podemos aprender mucho de la historia de mi disciplina. Los abusos en la investigación biomédica con seres humanos, el paternalismo médico y las iniquidades en los sistemas sanitarios han dado lugar a una reflexión vigorosa, con el fin de responder a los retos morales en las ciencias de la vida y las profesiones sanitarias. De manera análoga los escándalos en la Iglesia deberían ser ocasión para una renovada reflexión sobre la ética del ministerio y de las organizaciones eclesiales. Para elaborar esta reflexión los teólogos moralistas tenemos mucho que aprender de la eclesiología, sin duda. Pero también necesitamos estudiar la amplia bibliografía existente sobre la identidad profesional y la ética de las organizaciones. De otra parte, no podemos olvidar que la renovación organizacional requiere, ineludiblemente, la continua conversión evangélica de cada uno de nosotros. Por eso es oportuno concluir con una cita del Papa Francisco:”… las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin fidelidad de la Iglesia a la propia vocación, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo (Evangelii Gaudium 26).”

 

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