Una oportunidad para la ética teológica desde los sujetos emergentes femeninos.

Una oportunidad para la ética teológica desde los sujetos emergentes femeninos.

En la teología latinoamericana de la liberación, la opción preferencial por los pobres y excluidos ha sido siempre un eje transversal fundamental. Se decía con toda claridad dentro de este modo de hacer teología, que asumir la causa de lo pobres implicaba una práctica contra la pobreza lacerante que sufrían las mayorías empobrecidas del continente. Podemos recordar que una de las frases clásicas de esta opción afirmaba que había que "hacerse voz de los sin-voz". De este modo, la jerarquía, los teólogos y los pastores en general debían "hablar por los pobres". Y esta consigna se convirtió para muchos en una deber ético, a tal grado que no es difícil citar a más de un teólogo, un pastor, una religiosa, un laico o una laica a quienes este compromiso les costó el martirio o el exilio.

Pero también es cierto que esta riquísima experiencia teológica y eclesial no permitió a muchos pensar que los pobres y excluidos podrían expresar ellos mismos su propia voz; no se plantearon, seguramente sin ninguna mala intención, que el siguiente paso de este proceso socioeclesial era que los mismos pobres se capacitaran para teologizar su caminar en la causa de su liberación. Como algunas veces preguntaba una viejo teólogo jesuita mexicano, ya fallecido: "¿quién nos dijo que los pobres y excluidos no podían expresar su propia voz y que necesitaban de la nuestra? ¿por qué pensamos que sus formas de expresión, musicales, corporales o narrativas, no son auténtica teología sólo porque no la hacen en las aulas ni la plasman en libros, a nuestra manera?"

La experiencia nos ha mostrado que este paso de "ser voz de los sin voz", a "escuchar la propia voz de los pobres" forma parte de un proceso sociocultural, teológico y eclesial de crecimiento y madurez, mismo que, es justo decirlo, no siempre se ha entendido ni se ha  facilitado al interior de las estructuras eclesiásticas. Dentro de algunos ámbitos eclesiales y pastorales, a este proceso se le ha identificado como "el surgimiento de los nuevos sujetos" y ha estado formado sobre todo por sectores laicales, como han sido los liderazgos pastorales en general, los sectores juveniles, el sector indígena y, el que nos parece el más avanzado en el ámbito teológico, el de las mujeres, cuya expresión más definida es la de la teología feminista.

Parece claro que la teología hecha por mujeres desde su ser sujetos posee un carácter ético y liberador que le es inherente, debido a la situación de marginalización en que se les ha mantenido, tanto en el ámbito social como eclesial. Sin embargo, ya es  imprescindible crear estructuras organizacionales que animen y sostengan de diversas maneras la reflexión ético teológica explícita, elaborada por las mismas mujeres, pues ellas muestran una gran disposición para proyectos formativos, académicos y de divulgación, de largo alcance. La experiencia muestra que son las laicas quienes más necesitan de esta estructura no sólo formativa sino laboral, pues no cuentan con un apoyo institucional, como afortunadamente sucede con las religiosas.

El sujeto ético teológico femenino está emergiendo como un sector prometedor en los ámbitos eclesiales y académicos. Impulsarlo y articularlo a niveles nacionales y continentales parece ser un signo urgente de los tiempos actuales. En México está apareciendo como un sector que puede articularse con otros procesos teológicos que se resisten a la pausa, y que pueden incidir positivamente en la sociedad y en la iglesia, no por la cantidad de personas que aglutinen, sino por el lugar donde focalicen su impacto.

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